La trampa del desencanto: cómo la globalización alimenta los extremos políticos

 

En las últimas décadas, la globalización ha sido presentada como una promesa de progreso y prosperidad. Sin embargo, para millones de trabajadores poco cualificados en Europa, esa promesa se ha traducido en precariedad, desarraigo y una creciente sensación de abandono. Este caldo de cultivo ha sido fértil para el auge de los extremismos políticos, especialmente en sectores sociales que se sienten excluidos del relato triunfalista del libre mercado.

El caso de Francia es paradigmático. En las elecciones europeas de 2024, el Reagrupamiento Nacional (RN) de Marine Le Pen obtuvo más del 31% de los votos, duplicando a su competidor más cercano. Este resultado no es un accidente, sino el reflejo de una transformación profunda: el RN ha dejado de ser un partido marginal para convertirse en la voz de una parte significativa de la clase trabajadora, especialmente en regiones desindustrializadas y rurales.

La percepción de que los migrantes compiten por empleos y servicios públicos, sumada a la desconfianza hacia las élites políticas tradicionales, ha empujado a muchos votantes hacia opciones que prometen protección, identidad y orden. No se trata solo de Francia. En Alemania, España, Italia o los Países Bajos, partidos de corte nacionalista y populista han capitalizado el malestar de quienes sienten que la globalización les ha dejado atrás.

Pero ¿cómo revertir esta tendencia sin caer en la criminalización del descontento?

La respuesta no está en silenciar a los votantes radicalizados, sino en escuchar sus demandas legítimas y ofrecer alternativas creíbles. Algunas propuestas ya están en marcha:

- Invertir en formación y empleo de calidad, especialmente en sectores emergentes como la economía verde o digital.

- Reforzar la cohesión social, garantizando el acceso equitativo a servicios públicos y vivienda.

- Combatir la desinformación y el discurso de odio, promoviendo la alfabetización mediática y el pensamiento crítico desde la escuela.

- Regular el contenido extremista en redes sociales, sin vulnerar la libertad de expresión.

- Fomentar la participación cívica y comunitaria, para que los ciudadanos vuelvan a sentirse parte activa del proyecto democrático.

La radicalización no nace del fanatismo, sino del vacío. Allí donde el Estado se retira, donde la política se vuelve tecnocrática y distante, florecen los discursos que prometen soluciones simples a problemas complejos. Frenar esta deriva no es solo una cuestión de seguridad o estabilidad institucional: es una cuestión de justicia social y de dignidad democrática.

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